"La Iglesia os quiere, sentiros parte de Ella" | Papa Francisco, a los cofrades.

Presentación Rafael de las Peñas cartel #50AñosTrinidad

Con la venia de nuestro Excelentísimo Señor Alcalde

Quiero marcar mi frente en el nombre de Málaga como madre de todos, y del barrio que fue raíz y cuna y del espíritu que alienta la verdadera hermandad.

Quiero signar mis labios en nombre del ayer, del hoy y del mañana que nos contemplan y construyen la Historia. 

Quiero rubricar mi pecho en nombre de la túnica, del cíngulo y del capirote con los que nos hacemos nazarenos en las horas más anheladas

En nombre de todo ello me santiguo, con todo me persigno,  porque todo me habla de Ella igual que lo hace el alba, el puente o el campanario. 

Pero, sobre todo, porque allá donde hubiere dos o más reunidos a su dictado se encuentra presente el Dios que recibe nuestra adoración y gloria, quiero que en el principio de mis palabras estén el  nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, las tres personas que componen el Misterio insondable ante cuyo nombre, hoy, se encienden de emoción nuestros adentros: la Trinidad.

Porque fue Trinidad como aquellos primeros cofrades llamaron a la Virgen menuda, que con su carita redonda y sus ojos oscuros, como de coplera antigua, fue germen e inicio de la Cofradía que hoy nos congrega y a cuyo Hermano Mayor, Junta de Gobierno y hermanos saludo y agradezco su afecto y por brindarme la oportunidad de ser hoy su voz.

Le pusieron Trinidad y al hacerlo la invistieron de la esencia del viejo arrabal que, más allá del Guadalmedina, fue al principio huertas y convento y, con el tiempo, un importante y personalísimo foco de población.  Le pusieron Trinidad y cayeron sobre Ella las luces y las sombras de los predios de los que desde ese instante estaba llamada a ser la Soberana, y vaya si lo fue, ya lo creo que lo fue. Con aquellas ocho letras iban las que formaban el nomenclátor de sus calles mas principales: Jara, Tiro, Zamorano Feijoo, Carril, Jaboneros, y la gracia, inexplicable pero cierta, de sus famosos corralones llenos de “pilistras”, hortensias y coleos y de lebrillos en los que lo mismo se lavaba la ropa que a los niños o se amasaban los borrachuelos cuando precisamente tal día como hoy, nunca antes, la festividad de la Purísima descorría el velo de unas nuevas Pascuas.

Al llamarse de esa forma, Ella, en su palidez casi de talco, se lleno de los colores de los geranios, corales y clavellinas que poblaban esos espacios siempre abiertos a la vida, cual ágoras encaladas, y también del aroma de los jazmines y azahares que crecían en los patios, casi secretos, de las coquetas casamatas de su zona mas norteña, donde los alarifes empleaban el azulejo y el ladrillo visto en una suerte de Aníbal González de andar por casa.

Le pusieron Trinidad, sí, y con ello también colocaron en sus manos extendidas toda la pena que discurría a diario, igual que las aguas desde la fuente de la plaza Montes, sobre los empedrados y adoquines del barrio.  Las carencias que ni con el fruto del trabajo se paliaban; las necesidades más primarias apenas cubiertas en los pocos metros cuadrados en los que se disponía para vivir; las enfermedades que se cebaban con los más frágiles; el agua llevándose lo poco y el fango cubriéndolo todo; la emigración, los caseros déspotas, el miedo a lo que contaban sucedía en las tapias más allá de la acera del Campillo en tiempos del horror…Fue recibir el nombre y ser un todo con la gente, esa su gente, que desde el primer instante la tomó como Madre y se puso bajo su protección y a la que Ella, siempre generosa y solícita, respondió trayéndoles a su Hijo, a Jesús Cautivo. Casi nada.

La persona que hoy ostenta la más alta responsabilidad de la Hermandad escribía hace tiempo que la palabra que define las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo en la Cofradía es “innovación”.  Tal vez por eso, un día de febrero de hace cincuenta años, aquella Virgencita nos dejó y en su lugar apareció una Niña juncal y bien plantada que venía del hispalense“corral de los artistas” trayendo en sus labios, clavel reventón, un suspiro que es trasunto del que tiene embelesado al Evangelista y que habría de inspirar al maestro Font de Anta una de sus mas sublimes composiciones.

Desde la calle Feria nos vino para ser la causa de nuestra alegría; en la angosta Regina se trazaron augurios que signaron su frente mientras que en la pequeña Amparo se le dejaba clara la encomienda, y hasta San Juan dejó aquel pasito lento que cantaba Antoñita Moreno para soltar la palma y escribir su nombre -otra vez las ocho letras sagradas, cruzando los azules y los rojos- desde el compás de la Calzada a los paredones del pasillo de Natera y desde la ermita de la leyenda a la alcubilla que en medio de un naranjal hace de frontera con terrenos de los Martiricos.

Llegó la Niña al barrio, recibiendo la herencia de los años transcurridos como si todos los avatares de la historia formaran las costuras de los blancos ropajes que cosió Paquita, la de La Pelota, la fiel camarera a la que le gustaba colgarle pendientes como los que las trinitarias se ponían para llevar a los niños a que D. José los cristianara.  Llegó la Niña al barrio y al punto fue la misma que Carrasco ocultó primero entre tocinos y después en un hueco del pasaje de Zambrana. La misma del incendio de Creixell, la del trono de Pérez Hidalgo, la de las cadenetas y mantones en tiempos de Corpus Chiquito;  la misma ante la que mis primas, tan guapas ellas en su adolescencia, caminaban vestidas de mantilla  con los guantes de encaje y el bastón que les daba Enrique Millón, directivo de la hermandad en aquella época y que al niño que fui le parecía una especie de casanova y apoderado de toreros. Llegó la Niña al barrio a encontrarse con su Hijo al que halló de nuevo en el templo rodeado esta vez no de doctores sino de un pueblo fiel que ya se había amarrado de por vida a las manos del que todo lo puede, un pueblo que no sabe de horas ni de tiempo cuando se trata de estar con ellos.

Ha pasado el tiempo y, casi sin darnos cuenta, aquella Niña se nos ha hecho mayor y está a punto de cumplir medio siglo entre nosotros, por lo que su Hermandad no cabe en sí de gozo y nos llama a vivir junto a ellos, a sentir con ellos su felicidad, en este año jubilar que ahora comienza y que viene a anunciarse de la mano de la obra que hoy se da a conocer y que tan extraordinariamente ha resuelto el pincel de Martín España.

Titulado en Diseño de interiores en nuestra Escuela de arte de San Telmo y Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, Martín España es todo un valor en alza en el panorama artístico actual.  Lo conocí hace tiempo y debo confesar que siento por él, además de una gran admiración por su obra, el natural afecto que provoca el que su pintura vaya ligada a diversas circunstancias felices de mi vida cofrade. Suyo fue el cartel de aquel Legado que tanto nos sorprendió y suya es la soberbia Virgencita que guarda mi cabecera desde un inolvidable día de marzo.

Conocedor de múltiples técnicas, entre las que destaca el collage que maneja con verdadero virtuosismo, es con el uso del acrílico sobre tabla como ha realizado la mayoría de las obras destinadas tanto a su Vélez Málaga natal como a Morón de la Frontera, Almogía y, naturalmente, a Málaga. Inquieto, observador, fresco y refinado, Martín España une a su formación académica la experiencia adquirida mediante la  participación en proyectos culturales y exposiciones de distinta índole y, sobre todo, un exquisito gusto estético que trasciende en toda su producción y que en la que hoy nos ocupa impacta de manera muy especial. Porque el artista, del que me permito desvelar su profundo marianismo, ha sabido captar y retratar puntual y certeramente lo que me atrevería a definir, disculpen si no voy muy lejos a buscar el término, como el alma de la Trinidad.

Así que como sé que las vuestras están en vilo, deseosas de conocer el secreto, ruego a nuestro Alcalde que junto al autor y el Hermano Mayor se acerquen para hacer por fin de todos lo que pensando en todos se ha realizado.

Tres elementos son suficientes para componer esta obra pictórica cuyo mensaje podemos descifrar sin perdernos en artificiosos vericuetos ni abundar en recursos que por manidos pierden la irrenunciable carga de sorpresa que es fundamental en este tipo de labores.  Tres elementos bien definidos y en perfecta sintonía para llamar nuestra atención. Tres elementos distintos en forma e idénticos en su lectura. Un trío de componentes que Martín España, haciendo gala de una sutileza extrema, maneja y propone como si de un misterio artístico se tratase pues los tres son y nos dicen lo mismo a pesar de lo diferente de su aspecto.

La rotulación, fundamental en la cartelística, se constituye en geométrica celosía formada por dos fechas y el nombre de nuestra ciudad sobre la que destaca la palabra TRINIDAD, todo ello realizado en azul en un guiño al día de hoy y al que dentro de un año, justo en su octava, pondrá colofón a la efeméride. Es ese mismo azul el que en la parte superior describe la letra eme sobre la que campea el triángulo equilátero que es por antonomasia el símbolo de la triple naturaleza divina, de la Santísima Trinidad, formando entre ambos el anagrama mariano.

Y después, está Ella. Envuelta en malva y oro, lo mismo que se enseñorea cada Lunes Santo cuando pasa llenita de pena robando nuestros corazones; Está Ella y es su resplandor el de las mañanas de traslado cuando va, cubierta de flores, visitadora de enfermos, al borde mismo de cada nueva Semana Santa. Está Ella, expectante de súplicas y próxima, como lo está a diario en su capilla de San Pablo.

El fondo es blanco –que blanca es la silueta en la que la ciudad se reconoce y acurruca para ser mecida en el dulce vaivén de la piel de ángel – y sobre esa albura, que es reflejo de su alma, se nos muestra la Virgen, reproducida por la mano de Martín España de la misma forma que fue creada por el supremo hacedor, el Dios uno y trino, perfecta, sin falta alguna, igual que en 1614 la cantara Miguel Cid en sus deliciosas coplas que he tenido la osadía de remedar para decir 

 

Toda Vos resplandecéis

en soberano arrebol

que vuestra casa en el sol

dice David que tenéis. (Miguel Cid)

Mas a mí me parecéis

cercana, tan de verdad,

y tan llena de humildad

al miraos retratada

que en Vos veo a la Inmaculada

morando en la Trinidad.

 

Es su imagen el compendio de todas las cosas bellas y buenas y, además, es espejo del devenir de este medio siglo a nuestro lado.

En los brillantes colores que nos evocan su ajuar exquisito, está también el recuerdo de los días en los que le fue ofrendado, el esfuerzo de los hermanos, el obsequio de los devotos, el afán de los artistas. En los claroscuros que enmarcan el ovalo del rostro parecen aun temblar las caricias de los que supieron mimarla con cariño y alfileres. Los cárdenos reflejos que la identifican nos hablan de todo aquello que se fue para no volver: los peñistas del Cenachero y El Sombrero en los varales, los escapularios sobre el pecho de unos Príncipes de España, el ministro pregonero del que los cofrades temían que les metiera el gafe de la lluvia, las saetas del Tiriri y de la Faraona, los rezos de un gigante de la Calzada, la casa de mi segunda madre desde la que en un tiempo la veía llegar al hospital, los días gozosos e inolvidables de la Coronación…

La miramos y en el espacio que describen sus manos abiertas está todo lo que somos: nuestra historia, nuestras ausencias, nuestros errores,  nuestras dudas y también nuestras certezas, que lo son más si están en su regazo, y se hallan los nombres de cuantos la tuvieron como el norte de sus vidas y que no es necesario referir porque lo importante es que sea Ella quien los conozca. No ha querido el pintor reflejar el clásico pañuelo para que en esa mano que parece tenderse al nombre de la ciudad ponga cada cual lo que más necesite.

Se nos ha hecho mayor aquella Niña, sí. Tan mayor que se le quedaron chicos el manto y el palio, tanto que sabemos a la hora a la que sale pero no a la que regresa. Tan mayor como para ser Madre de Dios y Madre nuestra y es por eso por lo que nos disponemos a celebrar, juntos, unidos, felices y agradecidos, los cincuenta años de su presencia, durante trescientos setenta y dos días en los que la vamos a colocar en el núcleo de nuestras atenciones, igual que ha hecho Martín España en su pintura, como forma de ponerla en el centro de nuestras vidas. Para ello en esta cofradía no se andan con rodeos y con cuatro palabras hacen toda una declaración de intenciones que es casi una protestación de fe, y con las que quiero concluir

Trinidad, ¡a tus pies!

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